miércoles, 6 de marzo de 2019




La naturaleza… solo tiene naturaleza


     Llegó a la vieja estación semidestruída.
Todavía mostraba signos que denotaban su glorioso pasado.
Caminó entre las losas gastadas por el tiempo.
Entre ellas asomaban largos tallos de pastos resecos.
La esencia del olvido.

    Un viejo vagón quemado con sus puertas abiertas, aún dejaba ver parte de su interior.
Desenfundó la pistola, se asomó despacio y encañonó la abertura.
La madera quemada todavía se podía oler, más aún por el bochorno del calor y la humedad que la lluvia había provocado.
Subió de un salto, constató que no existía presencia humana y se arrimó a la mesa con el banco adosado a la pared.
Con un movimiento lo acomodó a su gusto, enfundó el arma y de la mochila que deslizó entre los hombros, sacó una cantimplora metálica de la cual bebió ávidamente. La guardó, tomó un mapa que extendió sobre la sucia mesa, acomodó la brújula sobre él y dedujo donde estaba.

    Guardó todo y se dirigió al otro lado del vagón.
Saltó a la plataforma y resueltamente se dirigió a la oficina del Jefe de Estación.
La puerta destruida cedió ante su embate, permitiéndole ver la suciedad reinante. Cajones revueltos, papeles desordenados, muebles rotos. Nada que pudiera servir. Al lado, encontró la oficina de Venta y Espera de Pasajeros.
Alguna vez había sido reciclada para darle a la estación la presencia de su fecha de nacimiento, allá por el siglo XIX.
Le recordó la de su ciudad, pero hacía tanto tiempo de eso, que parecía muy lejano, casi en el borde de la conciencia.
Todo había comenzado hacía casi veinte años.
¿Había comenzado, o directamente era un final preanunciado?

    Salió, cruzó las vías y se dirigió a campo abierto. Una medida de precaución innata que sus sentidos ya hacía tiempo realizaban automáticamente.
Una vieja casa abandonada lo vio pasar.
El silencio ominoso fue roto por el aleteo de dos palomas que salieron volando del techo destrozado.
El ruido lo sobresaltó y se agazapó instintivamente.
Se quedó un rato escuchando y cuando lo creyó conveniente, siguió su marcha hacia el otro andén.

    A escasos cincuenta metros, vio dos vagones abandonados en una vía muerta. A su izquierda, unos altos matorrales, dejaban ver la pequeña cuesta por donde subían los autos para ser transportados. Cosas de un pasado remoto.
Sacó la ballesta de la mochila y con un rápido movimiento la armó, dejando listo el conjunto.
No le agradó mucho cruzar ese terreno despejado, pero no había otra alternativa, sino tendría que dar un largo rodeo por el final de la estación que le acarrearía sus largos treinta minutos más, y la tarde declinaba.
Para esa hora ya debería haber encontrado un refugio donde dormir.
Con precaución se dirigió a los matorrales, caminando entre pastos marchitos y durmientes.

     El instinto y el pequeño hilo helado que se deslizó por su nuca, lo salvaron, como otras tantas veces lo habían hecho.
Se tiró, literalmente se derrumbó al suelo, en el momento que el sonido seco y potente de un rifle, reverberaba en el aire.
Un pequeño surco en el costado izquierdo del cuello, fue lo único que se produjo en su cuerpo. El estampido se esparció por la zona creando ecos entre los vagones.
Se levantó y corrió cinco metros tirándose al suelo de nuevo, pero ya con la mochila en una mano.
El segundo disparo se oyó estruendosamente.
La bala picó entre sus piernas, desmenuzándose entre las piedras.
Varias partículas se le clavaron en el gemelo izquierdo, haciéndole gemir en silencio. Gateó rápido y logró llegar a donde quería, los pastizales.
Allí, la mochila y el gorro encima, quedaron solos.
Se escabulló hacia la derecha reptando sobre el suelo como una serpiente, en silencio y con soltura.
Escudriñó el terreno.
Vio los dos vagones y supuso que el tirador estaría en uno de ellos. Podrían ser varios, aunque los dos disparos provenían de una misma arma.
Volvió a rodear unos quince metros más y cuando tuvo una visión mejor, se quedó quieto, la ballesta preparada, estaba listo.
Esperó con paciencia, como buen cazador.

     Pasaron los minutos, diez, quince… de repente lo vio, saliendo desde el vagón. Camisa a cuadros, jeans, zapatillas, mochila a la espalda y un rifle en sus manos que llevaba encañonado.
Por su barba y el color del pelo dedujo que el hombre tendría unos cuarenta años. Detrás de él apareció otro, vestido de negro. En la mano derecha un revólver de gran calibre oscilaba de un lado a otro. Este era más joven.
Tocó al otro en la espalda y le hizo señas para que se abriera.
Caminaban en abanico hacia su mochila, tal vez creyéndolo caído.

   Apuntó suavemente y con fría decisión, fue apretando el disparador de la ballesta, hasta que la cuerda al soltarse lo sorprendió.
El dardo atravesó carne, huesos y tendones.
El hombre de negro quiso emitir un gemido, pero su cuello limpiamente atravesado lo impidió.
Cayó de rodillas, soltó el revólver que repercutió metálicamente sobre las piedras, se llevó la mano a la garganta y se derrumbó de espaldas.
Antes que dejara de moverse la segunda saeta ya volaba por el aire, encontrando en su camino el pecho del hombre de camisa a cuadros.
Un ruido sordo y un chasquido delataron su destino final.
El hombre volteó hacia su izquierda, miró con sorpresa el astil de la flecha, la tomó entre sus manos y en ese instante otro proyectil se le clavó a la altura del corazón. Trastabilló con el rifle y cayó de costado.
Allí quedó.

     Transcurrieron cinco o seis minutos de calma, hasta que entre los pajonales se divisó la silueta del joven.
Ya con la pistola en la mano, se acercó a los dos cuerpos caídos. Ambos estaban sin vida.
Pudo rescatar en buenas condiciones sólo dos de los dardos, que limpió con serenidad antes de guardarlos en el bastidor.
Revisó los cuerpos, llevándose lo que consideró importante, vació el revólver tirando las balas muy lejos y destruyó el rifle. No le servían ninguno de los dos.
Tapó los cuerpos con tierra, sabiendo que los perros cimarrones harían de las suyas, estuvieran sepultados o no.
Se dirigió al vagón de donde habían salido los hombres, lo revisó con cautela.
Ya casi no se veía, la noche comenzaba a ganar la eterna partida diaria con el atardecer.

     Se encaminó a paso firme hacia los pajonales buscando “algo” hasta que lo encontró, un pequeño claro alrededor de un árbol achaparrado, que le brindó un reparo seguro. Se sentó tratando de curar su pierna. El cuello no le molestaba.
Pensó… otras dos víctimas más, ¿cuántas van ya?, pero eran ellos o yo.
Se recostó y recordó todo lo que venía sucediendo.
Tenía seis años cuando pasó.
La hambruna general en todo el planeta, la falta de agua, el desorden, la caída de los gobiernos, el caos y la destrucción de toda fuente de energía.
La civilización estaba nuevamente en la etapa de la barbarie.
Solo quedaban los más capacitados, como un recurso extremo de la naturaleza. Cuando se piensa en el futuro, ella no veía a individuos, sino a la especie.
El apto sobrevive, el resto desaparece.

     Caviló… ¿Cómo puede ser que el ser humano sea depredador de su propia especie? Incluso cuando está en juego la supervivencia de la misma.
En momentos en que tendría que haber una  suprema cordura, la insania rondaba las mentes y no permitía darse cuenta de la realidad.
Solo atinó a pensar que la naturaleza no tiene centro ni periferia, no hay núcleo ni bordes; al igual que el universo.
Sólo tiene naturaleza, porque no hay hechos vacíos, apartados, sin nexos que los aten a los demás; sino una armonía perfecta, una serie de eslabones sin solución de continuidad, una conexión perpetua e inevitable, que representa el enrevesado mundo alrededor del cual giran los símbolos, las sensaciones y las especulaciones.
En el humano y en el entorno en que nace, vive y muere.

     La protección diaria de sobrevivir costara lo que fuera necesario, se hizo patente en su accionar.
Lentamente su cuerpo y su mente comenzaron a actuar en consecuencia.
Desempacó de la mochila algunas cosas y mientras el sol se hundía en el horizonte, se dispuso a comer.
Mañana, como siempre, estaría viajando hacia el sur, buscando la inmensidad patagónica.
Tal vez allí encontrara un poco de esa paz que tanto ansiaba.




 Este cuento se encuentra en el libro "Narrar... sigue siendo una aventura" - Editorial MB - 2017

miércoles, 30 de enero de 2019


Fantasmas bucaneros


El vino, áspero y fuerte, corre por las gargantas resecas.
No hay paz en esos hombres. No despiertan ningún anhelo.
Sus almas solo poseen dolor, miedo, sin razón.
Detrás de esa imagen eternizada, soplan los vientos del infierno.

Son los viejos fantasmas bucaneros, que quieren encontrar la paz que nunca hallarán
Esa puerta abierta y delicada, que les permita redimirse ante los ojos de sus propios dioses.

Desdichados fantasmas filibusteros, sólo piensan en ellos mismos.
Sus sufrimientos eternos, los vuelven cada vez más inalcanzables.

El vino, áspero y fuerte, sigue corriendo por esas gargantas resecas.




2da Mención de Honor - Género Microcuento - Certámenes de Verano 2016 - Organización La Hora del Cuento - Es incorporado a su Antología
Finalista IV Concurso Micro-Cuentos - Cuentos para Leer  - 2016 - Estandarte Tiempo Ediciones
Forma parte de:
Antología “Arte Literario 2016” - Editorial Novel Arte
Antología “Premiados 2016” - 15° Certamen Internacional de Poesía y Cuento 
2° Certamen Internacional de Microliteratura - Editorial Mis Escritos


Pertenece al libro: "Narrar... sigue siendo una aventura" - Editado en 2017.-








domingo, 20 de enero de 2019





PRESENTACIÓN DE LIBRO DE RAFAEL MONES RUÍZ
SIETE VIDAS



El viernes 18, en la Biblioteca Gral. San Martín de Miramar, SEGA (Sociedad de Escritores de Gral. Alvarado) auspició la presentación del libro "SIETE VIDAS" de un gran amigo: RAFAEL MONES RUíZ (poeta, escritor, tallador y "decidor") 
Presentado por Guillermina Sánchez Magariños y Mariana Boh (Editorial MB), hubo un poco de todo, aventura, correrías, alegrías y emociones de "Sebastián" ese personaje inolvidable.
Bienvenido sea un nuevo libro donde nos invita a manifestar vivencias muy particulares !!! FELICITACIONES ESTIMADO AMIGO !!!












viernes, 18 de enero de 2019


Decir amigo

"Decir amigo", ese cuento homónimo de la canción de Joan Manuel Serrat, me sigue dando satisfacciones. Hoy llegó la Antología "Certamen de Invierno 2018" de la organización La Hora del Cuento con todos los galardonados. 








Allí aparece con el 2do. Premio en la Categoría Cuento o Relato Largo. Todavía recuerdo haber estado en el restaurante Can Cullerets en Barcelona, donde los dos protagonistas se encuentran. Una verdadera aventura... como lo es la escritura: pasión, atrevimiento, garra y corazón !!!

miércoles, 9 de enero de 2019




PREMIO CÓNDOR MENDOCINO

Cuando el 17 de noviembre se entregaron en San Rafael, Mendoza los premios CÓNDOR MENDOCINO, al cual me hice acreedor, por razones particulares no pude estar presente en el evento. 

El Prof. Guillermo Adrián Salinas y la Lic. Adela Elisa Cornejo, en el momento de la entrega recordaron: “Estamos muy contentos, hemos superado las expectativas que teníamos cuando empezamos con todo este proyecto, no pensamos que llegaríamos a lugares como Alemania, Estados Unidos, Uruguay, España, Chile, Brasil y toda la gente de Argentina que se ha sumado a este lindo proyecto, que es reconocer a los hacedores culturales. Hay presentes 78, aunque son 190 los galardonados." 
Gracias por este hermoso reconocimiento que comparto con todos los premiados !!!
El hacer cultural, en mi caso la escritura, permite incentivar la creación y la imaginación. 
Vamos que se puede !!!

La escritura es libertad !!!






!



DESTINOS CON MISTERIO
Enigmas, Leyendas, Maravillas

Lidia Urdinez, es una compañera de las letras, con la cual he compartido momentos muy buenos junto a Gabriela Exilart, Marcela, Oscar, Patricia, Marta, Celi, Sergio, y con los cuales hemos expresado en la escritura lo que llevamos dentro. Esa pasión, ese atrevimiento y la apertura a un mundo impensado, desconocido, donde somos el nexo de unión, en este sorprendente viaje hacia la ficción. Tuve el honor de ser parte de la presentación de su libro "DESTINOS CON MISTERIOS - Enigmas, Leyendas, Maravillas". Ya lo comenté en facebook,el 21 de diciembre, pero me han llegado nuevas fotos que deben ser vistas. 








Lidia viaja, porque para ella es explorar, observar el mundo con aprecio, logrando el mejor de los regalos: conocimiento. Pero no viaja a lugares comunes, a lugares estrictamente turísticos. Viaja a rincones de nuestra tierra donde las culturas, los mitos, las leyendas… le permiten aprehender lo que enriquece y da fuerza a su vida, a su espíritu. Eso la lleva a dar rienda suelta a su originalidad, escribiendo y pintando.
Bienvenido sea este libro que presenta una mirada profunda sobre los catorce destinos que describe.
Gracias Lidia por la dedicatoria !!!

Enero 2019.-





martes, 4 de diciembre de 2018




El sueño


    La melancolía del otoño comenzaba a derramarse por toda la ciudad.
Las hojas, como juguetes vivos, se movían incansablemente por los caprichos del viento.
Se sentía el aire un poco húmedo y la caída del sol comenzaba a refrescar sensiblemente la temperatura.
La plaza, otrora colmada de niños, con sus risas y juegos, permanecía callada, como guardándose en sí misma para mejores ocasiones.
Un perro vagabundo se echaba bajo un frondoso árbol, tal vez para pasar la noche que ya se avecinaba.
La calesita, cubierta con sus lonas extendidas, guardaba para sí los juegos reprimidos, a la espera del momento oportuno en que volvieran a revivirla.

    Para llegar a la clínica que se encontraba frente a ella, debía cruzarse la avenida, en ese momento con escaso tráfico.
El edificio rectangular, macizo, con su gran entrada vidriada, que dejaba ver parte de su interior, permanecía silencioso.
Ya había terminado el horario médico y de visitas.
Solo quedaban dentro los que cumplían con su deber y los obligados a quedarse, nadie más.

    En una de las habitaciones del tercer piso, el hombre, acostado sobre las blancas sábanas, con su cuerpo marchito, se reflejaba frágil, agotado, consumido.
Ya casi no podía moverse, la edad avanzada literalmente lo había vencido.
Abrió los ojos despacio, recorrió con la vista la habitación aséptica, los aparatos que lo mantenían con vida.
La tecnología médica puesta al servicio del hombre, susurró; pero, ¿era eso vida?
Sabía que la muerte lo esperaba, a veces la veía sentada en la silla a su lado.
No sabía por qué, pero la veía femenina… “la muerte”.
No tenía ni la más mínima idea de cómo se establecía una relación con ella.
¿Lo vendría a buscar y nada más? O aparecería precedida de otra cosa.
Decidió evadirse de la triste realidad, esa espera indecisa, intranquila y apremiante.
Trataría de hacer lo que venía ocurriendo cada vez más seguido: soñar.
Cerró los ojos, se relajó lo más que pudo, se durmió plácidamente y lo logró, soñó.

    ¡Oh sí que soñó! ¡Y cuánto!
Nunca habían sido tan vívidos esos sueños.
Su fuerza juvenil, sus grandes andanzas, los viajes por los cinco continentes buscando aventuras, sus alegrías, los temores, la incertidumbre.
Encontró los mil colores del arco iris, la compleja  relación con la vida, las distancias del recuerdo y la página multicolor de todas las emociones sentidas a lo largo de su larga existencia.
Fue lo último que hizo.

    Cuando la enfermera entró raudamente a la habitación y se acercó, lo encontró con una sonrisa beatífica en su rostro.
De todos los aparatos, sólo uno emitía un pitido constante.
Se acercó, atinó a cerrarle los ojos y besarle la frente.
El no lo sintió.
Ella lo había venido a buscar.
Estaba más allá de todo lo conocido.
Se hallaba en el  lugar donde todos los sueños se hacen realidad.




Este relato forma parte de la Antología “Entre el Alma y el Mar” - SADE Atlántica MdP 2015
3ra. Mención de Honor - Género Cuento Corto - Certámenes de Verano 2016 - Organización la Hora del Cuento
Finalista - XIX Certamen Internacional de Poesía y Cuento 2016 - Grupo de Escritores Argentinos