martes, 20 de marzo de 2018




Hoy nos presentamos: "Narrar... sigue siendo una aventura y quien esto escribe - Estaremos en la Biblioteca San Martín - Calle 34 N° 942 - Miramar - A partir de las 18:30 - Junto a todos los asociados de SEGA con Ana María Bausela en representación - Mariana Boh de Editorial MB - Laura Garbiso y Esteban Abril (artistas plásticos) - la gente de la Biblioteca con Laura Mercier y todos aquellos que deseen participar... para pasar un buen momento en una charla informal sobre la escritura del libro, vivencias, relatos y narraciones. Brindaremos al cierre. ESTÁN TODOS INVITADOS !!!
Facebook del 11 de marzo pasado







Gracias a SEGA (Sociedad de Escritores de General Alvarado), en nombre de su Presidente Ana María Bausela, por su presentación y sus palabras; a Mariana Boh, "mi editora preferida" por su colaboración; a Paula Mercier, encargada de la Biblioteca, por su predisposición; a Laura Garbiso y Esteban Abril por su acompañamiento con sus obras; al público presente, que pese a las inclemencias del tiempo copó la sala; a mi hija Yasmín y a mi yerno Beto, que solucionaron todo e infundieron la compañía de la familia. A Aníbal Ariel Arona, ese amigazo que prologó el libro, leído por Mariana. Una hermosa presentación de "Narrar... sigue siendo una aventura". Charla, grabación, relato, anécdotas, lecturas; en suma una velada llena de alegría, que se coronó con el brindis final. GRACIAS A TODOS POR ESTAR Y SER PARTÍCIPES DE ESTA ATREVIDA PASIÓN POR ESCRIBIR !!!

Facebook del 18 de marzo de 2018








martes, 13 de marzo de 2018




El encuentro

     La rutina mensual se cumplía inexorablemente.
Estacionaba el auto frente al edificio del Club Pueyrredón y luego por la vereda me dirigía hacia la rotonda del Monumento.
Allí cruzaba la calle Mitre hacia el centro.
Siempre me gustaba el camino.
Recorría el centro cívico de la ciudad.

     Ese día, neblinoso, parado esperando la apertura del semáforo, miraba la estatua del prócer, cuando imprevistamente, se hizo un silencio ominoso.  Dejé de escuchar cualquier sonido.
La neblina se intensificó de inmediato y me sentí como transportado a otro lugar.
¡Si, esa fue la sensación, transportado!

     Alcancé a distinguir un movimiento en la altura, que me espantó.
¡La estatua comenzaba a bajar de su pedestal!
El bastón quedó arriba casi balanceándose y la silueta comenzó a deslizarse por entre las piedras situándose cerca de mí.
Con sus casi cuatro metros de altura, me decía con voz ronca y varonil:
 —¡Joven, joven... no tema, no se asuste, quiero hablar unas palabras con Ud.! 
Retrocedí asustado, pero volvió a tranquilizarme:  

—No se asuste m’ hijito, deseo hablarle —y diciendo esto se acomodó la levita, se arremangó el pantalón y lentamente se sentó en los escalones.
—Sucede muy de vez en cuando, porque hay una comunicación especial con la persona que pasa por mi lado.

Un poco más tranquilo, pero todavía extremadamente sorprendido le respondí: 
—Lo admiro mucho Don José, eso es cierto. Ud. es mi referente patriótico por excelencia. Conozco su historia de principio a fin. Hasta escribí un relato corto sobre la Batalla de San Lorenzo.

 Con voz cargada de emoción, habló.
—San Lorenzo, el Convento de San Carlos, la carga a degüello... y Cabral que se me moría en los brazos. Todavía puedo oler su sangre que me manchó la chaquetilla. Todo un héroe, que desperdicio. Era la guerra al invasor. Pero… dígame joven, ¿qué fue de mi América?

—Su América en estos 200 años ha sufrido mucho Don José —Le contesté—. ¡Hasta tuvimos guerra entre nosotros! Ahora la llamamos América Latina.  

—¿Cómo es eso? —preguntó un poco desconcertado.

—Sí  —Le indiqué —. Desde hace muy poco tiempo, empujando entre todas para adelante. Lo que Ud. buscaba Don José.

—¡Ah mi América!, cuanto sufrimiento me causó, ¡pero con qué ganas crucé esos Andes! Hubo que pertrechar todo un ejército; hombres entrenados, comida, equipo, transporte, todo. Y no solamente cruzar, sino que después hubo que batallar.

—Sinceramente Señor, una proeza inigualable —Le dije—. Pero dígame, cuando estuvo en Inglaterra antes de llegar a Buenos Aires, ¿es cierto que conoció el plan del general Maitland para cruzar la cordillera?

—Sí, pero él lo había planeado de otra manera. —contestó—. En cambio yo planifiqué el cruce por seis pasos distintos desde nuestro terruño para liberar Chile, sabiendo que lo tenía al bravo de Martín Miguel en el Norte que me cuidaba las espaldas. De allí en barco hacia El Callao y pelear por Perú. Costó muchos sacrificios, pero nos liberamos de los godos.

—¡No tenga dudas sobre ello Don José! —exclamé.
  
—Recibí mucha ayuda de Pueyrredón, eso sí. Recuerdo cuando nos juntábamos en su chacra y charlábamos bajo ese inmenso árbol para que nadie escuchara nuestros comentarios. ¿La conoce?—. Me dijo.

—La conozco Señor, es hoy un Museo y créame que me emocioné mucho junto a la placa que recuerda esos momentos.

—Juan Martín… ¡Cuántas cosas le pedía! ¡Cuánto me dio!
Y su semblante de bronce, pensativo, dejó vagar una mirada que se perdió en la lejanía.
   
—Don José, ¿qué pasó que no quiso desembarcar cuando volvió al Río de la Plata?

—Habían matado a Dorrego y les dije que jamás desenvainaría mi corvo para pelear con un hermano de mi patria. Así que fue muy sencillo. Me volví  —dijo socarronamente—. Eso sí, desde las Europas, bregué siempre por la independencia de mi tierra. Jamás cedí, ni un tranco de pollo. Y eso que me quedé en la Francia, contra quienes combatí.

—Que paliza que les dieron en Bailén… ¿verdad? —Le comenté

—Sí, es verdad, combatimos bien, pero hace mucho tiempo ya de ello.
    
  Sus facciones arrugadas reflejaban pesar, pero sus ojos irradiaban esa fiereza característica en él.
Seguía siendo el bravo Coronel del Regimiento de Granaderos a Caballo.
 —Jovencito, debo irme, así que aquí me despido,  gracias por esta conversación. Tenga Ud. muy buenos días y que su vida sea placentera.

     Le agradecí atropelladamente.
Lo vi trepar entre las rocas del monumento, tomar su bastón para ponerse en pie y de repente,  el ruido me ensordeció.
Una sirena a lo lejos, los bocinazos, el tránsito, el agudo chillar de los caranchos en la plaza, todo sucedió de golpe.

     Medio atontado por lo ocurrido, no sabía si creer que lo que había pasado era fruto de mi imaginación o era verdad.
Sentí un dolor muy fuerte en mi mano izquierda y me di cuenta que algo atrapado en ella me lastimaba.
La abrí despaciosamente, para encontrarme con la sorpresa de ver un botón de bronce, grande como una roseta, que pertenecía a la levita del monumento.
Crucé la calle.
               Comencé a silbar la Marcha de San Lorenzo y casi sin darme cuenta, apreté  más los tacos al caminar.
Una gran sonrisa iluminó mi cara, atrayendo la atención de los caminantes.
No me importó…
¡Era el hombre más felíz de la Tierra!

Nota:
Lector, si alguna vez miras el monumento a San Martín en la plaza céntrica de Mar del Plata y ves que de los dos botones de su chaqueta, falta uno. No te asombres, lo conservo yo.

El presente relato forma parte del libro "La aventura de narrar". Editado en 2015.






sábado, 3 de marzo de 2018




El ascensor


     Llegué rápidamente a la escalera del edificio.
No quería mojarme, porque la lluvia permanente empapaba todo.
Hacía años que venía sucediendo. Si, hacía años.
Subí los escalones para llegar al hall inmenso, irreal, que me sorprendió.

     A la derecha un mostrador largo, casi sin gente, dejaba ver parte de las oficinas que se encontraban detrás.
Bancos, sillas y sillones, desparramados por todos lados daban la impresión de desorden, pero en realidad estaban perfectamente equilibrados. Mullido cuero negro en sus exteriores, les daban un aspecto lúgubre, un toque fantasmal.

     El ascensor estaba enfrente.
Rectangular, grande, impresionaba por su estructura.
Me acerqué a él.
La puerta metálica, lustrosa, reflejaba borrosamente mi imagen.
Apreté el botón de llamado y esperé.
Al abrirse la puerta, sin ver a nadie, entré.
Automáticamente la abertura se cerró.
Marqué el 2do. Piso y el leve temblor que sentí, insinuó un movimiento.
Pero… ¡El ascensor comenzó a bajar!
Bajó y siguió bajando, bajando cada vez más.
Mi asombro no tenía límites.
No sé cuánto tiempo estuve así.
Sentía que descendía cada vez más rápido.
Las luces ya no indicaban nada, estaban todas apagadas, y perdí la noción del tiempo.
De pronto, se detuvo.

     Mis manos agarrotadas, atrapadas en los pasamanos, casi no se podían abrir.
Me quedé quieto esperando.
Mi corazón latía desaforadoy mi frente estaba empapada de sudor.
El hecho de desconocer lo que habría detrás, hacía más patético mi temor.
Sentí un ruido delante y ¡la puerta se abrió de golpe!
No quieran saber lo que vi: ¡Era el averno!
Criaturas grotescas, semihumanas, monstruosidades deformes, humanoides desollados.
Todo aquello que la cultura me había enseñado sobre el infierno estaba allí. ¡Todo!
Quieto, casi inmóvil, no podía ni respirar.
Sentía el calor que desprendía el lugar, un calor pegajoso y malsano.
Una forma inhumana, bestial, se acercó y me miró fijamente.
En sus ojos vislumbré  todo lo horrible que se puedan imaginar: atrocidad, ferocidad, brutalidad, sinrazón.

     En ese instante, la puerta se cerró y el ascensor comenzó a subir con velocidad.
Mi cuerpo empezó a recuperarse.
El peligro dejó de ser tal y cuando la hendidura se abrió, salí precipitadamente hacia el  hall.
Me quedé quieto, silencioso.
No podía creer lo que había visto.

     De pronto, me desperté sobresaltado sentado en un sillón.
¡Por favor!, ¡estaba allí en el edificio!
Miré la hora en el reloj y descubrí que cansado, me había quedado dormido.
¡Todo había sido un mal sueño!
Me refregué la cara con las manos para sacarme esa sensación de terror y una sonrisa de satisfacción afloró a mis labios.
Se hacía tarde, pensé.
Debía dirigirme al 2do. Piso tal cual me habían explicado.
Me dirigí al ascensor con soltura y cuando se abrió, entré y marqué el botón correspondiente.
La puerta se cerró y… 
¡Comenzó a bajar aceleradamente!



Este relato forma parte de la Antología IX Encuentro Internacional Comunitario – Entretejiendo Imágenes y Palabras 2014 – San Juan
Integra el libro "La aventura de narrar", editado en 2015.




miércoles, 28 de febrero de 2018



Themba Zulú






     El sol del mediodia recalentaba el ambiente, la llanura sudafricana a esa hora parecía reverberar por el calor, y las nubes de polvo se elevaban con rapidez impulsadas por pequeños remolinos.
El joven zulú, de nombre Themba, armado con su iklwa en la mano derecha, mientras que con su izquierda sostenia el isihlango, corría con ese ritmo potente y sistemático que los de su clan solían tener.
Detrás de él a un kilometro escaso, doce hombres de su tribu seguían su rastro.
Se estaba cumpliendo la  ceremonia que marcaría  la  entrada a su adultez.
Si se cumplía el pronóstico, Themba dejaría de ser oficialmente un niño para convertirse en un guerrero.
No podía fallar, era hijo de Shaka.
No hacía mucho tiempo atrás, en el kraal, su madre Ntobi  lo había despedido a escondidas, en el amanecer del día de su partida.
Semi acongojado, pero firmemente decidido, partió a buscar a Mbube.

     Dos días después, ese mediodía, había encontrado sus huellas y desde lo alto de un peñasco descubrió a su manada: dos hembras y cinco cachorros que jugaban entre ellos.
A la sombra de una acacia solitaria vislumbró su melena.
Era un macho adulto realmente enorme.
No cabían dudas, debía hacerlo salir al descampado.

     Esperó pacientemente a que el grupo se acercara y cuando todos estuvieron reunidos, les explicó su idea. Seis de ellos rodearían a la manada para separar al macho de su harén. Los otros seis esperarían para rodearlo poco a poco y llevarlo a una pequeña planicie a unos 500 metros de donde estaba.
¡Yebo!, contestaron todos, era un buen plan.
Las hembras se irían con sus cachorros custodiándolos, sabiendo que el macho podría arreglarse solo.
Era cuestión de organización, planificación y tiempo.

     Poco a poco la técnica fue dando resultado.
Las hembras de la manada al ventear el grupo humano, primero miraron extrañadas, para luego agruparse y lentamente reunir a sus crías, llevándolas a través de los matorrales, en sentido contrario a la planicie.
El viejo macho, se despertó sobresaltado, ¡el olor del humano lo había sofocado!
Inmediatamente se puso en guardia y rugió al viento que le traía ese tufo tan fatídico, tan odiado.

     Los hombres comenzaron a rodearlo a casi doscientos metros, separándose en un amplio círculo. El animal rugió bravamente y con sus patas delanteras arañó la tierra, queriendo demostrar su poderío.
Infundía temor verlo encrespado con toda su musculatura tensionada y su cola que no dejaba de girar de un lado a otro.
¡Era el señor de la selva!
El círculo comenzó a cerrarse lentamente mientras la fiera giraba dentro. Cien metros, cincuenta, veinte… y cuando ya casi tocaban lanza con lanza, Themba saltó adentro.
Mbube rugió nuevamente y enfrentó su figura.
Sabía que allí estaba el peligro mayor.
El muchacho zulú, hipnotizado por la figura animal comenzó a rodearlo paso a paso.
Su corazón latía  tan fuerte que creía que iba a salírsele del pecho; pero sus manos no temblaban, toda la energía de su joven cuerpo estaba preparada.
Amagó con la mano derecha y cuando la bestia giró, soltó el isihlango y en un movimiento veloz, volteó en sentido contrario y tomó la cola de la fiera.
¡Lo había logrado! 

     El animal, instintivamente, realizó dos movimientos simultáneos, lanzó su garra derecha contra el joven y enderezando la cola como una barra de hierro, pegó un salto gigantesco y superó la muralla humana, perdiéndose en la espesura, en una velocísima carrera.
Themba, sorprendido, notó su mano tremendamente dolorida por el sacudón y lentamente vio la sangre deslizarse por su pecho; las garras habían tocado el pectoral de refilón dejando cinco marcas casi paralelas.
Sus piernas no lo sostenían. Sintió alegría y miedo al mismo tiempo. Sensaciones encontradas.
Cayó de rodillas y perdió el conocimiento.

     Lo despertó la algarabía de sus compañeros.
Todos bailaban y cantaban alegres a su alrededor, porque la UkuButbwa se había cumplido.
Había pasado a convertirse en adulto.
¡Había tocado la cola de un león de la selva!
Pensó: Ngiyaphila, Ngiyaphila.
Sintió ardor en su pecho y comprobó que le habían colocado ceniza sobre las marcas dejadas por el animal.
Quedarían grabadas de por vida en su cuerpo.
Era la señal que ya a sus 16 años… ¡era un guerrero de la Impi de Shaka Zulú!

                                           
                               


Vocabulario zulú

Zulú: Cielo o firmamento
Themba: Confianza
Kraal: Asentamiento
Ntobi: Señora
Iklwa: Lanza corta
Isihlango: Escudo largo y fuerte (1,50 metros) de cuero de vaca con pelo
Mbube: León
UkuButbwa: Ceremonia de iniciación
Ngiyaphila: Estoy bien
Yebo: Sí
Impi: Regimiento - Conjunto de hombres armados


Este relato forma parte de la Antología IX Encuentro Internacional Comunitario – Entretejiendo Imágenes y palabras 2014 – San Juan 

Integra el libro "La aventura de narrar", editado en 2015




jueves, 22 de febrero de 2018



La Diosa del Árbol


     El árbol era inmenso.
Su circunferencia era inalcanzable con la vista y su altura sobrepasaba las nubes bajas que se aletargaban en el frío invierno.
Ninguno de los clanes que vivían allí, sabía desde cuándo estaba; para muchos siempre había existido, lo consideraban eterno.
Se veía desde distancias enormes, ya que la planicie en la que se encontraba, permitía ver su inconfundible silueta desde la lejanía.
Sus ramas sobresalían en todas las direcciones y cobijaban a casi toda la humanidad que vivía en la región.
Su Diosa era la de todos.
Nadie la había visto completamente, ni había hablado con ella… pero sabían que existía.
Una rama retorciéndose con forma de mujer, una cabellera rubia llena de hojas que caían lentamente, unas manos de corteza que se movían acariciando la rugosidad de algún tallo, unas orejas puntiagudas nunca vistas.
Retazos de un ser que se movía sobre el árbol, formando parte de él.
Eso era lo que habían visto algunos y se contaba en las largas reuniones de invierno, cuando el frío y la lluvia arreciaban.
Era una cuestión de creencia que se enseñaba a los más jóvenes para que transmitieran el mensaje; la Diosa del Árbol protegía a quienes creían en ella.
Y ésta fue pasando de generación en generación hasta que llegó a mí desde pequeño.

     Por ese entonces, mi padre era el jefe del “Clan de los Corredores”, llamado así, por la velocidad y resistencia de sus hombres, mujeres y niños, en las largas travesías por la llanura.
Siempre cobijados por el inmenso macizo vegetal.
De muchacho, recorría su circunferencia, dándome cuenta que cada vez era más grande.
Sin cansarme, tardaba tres soles en hacerlo.
A las doce lunas eran tres soles y medio.
De adulto comprobé que ya tardaba casi una luna en rodearlo.

     La rugosidad de su corteza era suave caricia para mis manos.
Sus ramas enormes, pendían como un techo en las alturas, dando sombra en verano y calor en invierno.
Sus hojas, verdes y azuladas nos transmitían paz y fortaleza.
Amaba ese árbol, era la madre de mi tierra, era todo lo conocido, y  amaba a su Diosa.
Me encantaba escuchar las historias de quienes creían haberla visto.
Era mi anhelo más ferviente el poder encontrarme con ella algún día.

     Al final sucedió…
Hallándome en el lecho de mi vejez, tuve una visión: una hermosa mujer con sus cabellos al viento, desenredándose de una rama, con sus peculiares orejas y mirándome con esos ojos tan propios, se acercó a mi cuerpo.

     Extendiendo sus manos y tocándome el pecho dijo:

—Al fin me conocerás. Vendrás conmigo, pero algo tendrás que dejar para ello.

—¿Qué es? —dije anhelante.

—Tu perpetuidad, humano. Tendrás que morir.

—Que así sea! —exclamé gozoso.

Y así fue como sin saberlo, yo también forme parte del Árbol y me incorporé a él.
Savia de savia.
Esencia de esencia.

Este relato se encuentra en el libro "La aventura de narrar", editado en 2015.