viernes, 9 de noviembre de 2018






Difundimos cultura...


Este relato aparece en la página de La Hora del Cuento y forma parte de la Antología.

Lecturas...

El galeón se mece en forma lenta con todas sus velas arriadas.
El nombre reluce: Santa Marta del Ferrol.
El sol, implacable, barre la cubierta.
La tripulación desesperada por el calor, ya no sabe donde cobijarse.
Se ha reducido la ración de agua a medio tazón por día para cada uno de los hombres y ya nadie objeta nada.
No hay fuerzas para ello.
Pedro Diego de Vivar, encerrado en el castillo de popa, no deja de mirar ese mapa que tiene desplegado sobre la mesa.
Junto a él, el Maestre sigue con sus dedos la línea de la costa de lo que conocen como “Terra Incógnita”.
Estamos aquí, capitán —susurra—. Aquí, justo en este punto.
Una gota de transpiración corre por la mejilla del capitán, se desliza por la barbilla y cae justo sobre la carta, en el lugar que marca el Maestre.
En el silencio del cuarto, retumba.
Ambos hombres se miran.
Don Pedro la seca muy despacio, con el puño de su saco.
Ese plano fascina.
—Hombre —dijo—. Este cartógrafo otomano Piri Reis ha sido un verdadero artista al realizarla. Cuidémosla como el oro que llevamos.
—Sí Capitán —exclamó el Maestre—. Fíjese la exactitud de las costas que estamos recorriendo. Parece como si hubiera volado en las alturas y visto la mar y las tierras desde allí.
—Se ven nuestras playas en el Mare Nostrum, las de Portugal, parte del continente negro y el centro y sur de estas tierras lejanas
—observó don Diego—. Menos mal que somos los únicos que lo tenemos. Ni portugueses, franceses e ingleses lo han conseguido. Usted sabe Maestre que esto es secreto de Estado. Los reyes nos mandarían colgar si lo perdiésemos. El traslado que hacemos al puerto de Palos se debe mantener en un riguroso secreto.
El segundo de a bordo asiente ceñudo.
Se juega mucho en esa época.
La conversación se trunca por el balanceo del barco.
Un viento alisio comienza a soplar.
El capitán enrolla el mapa, lo guarda en un cilindro de papel oscuro dentro de una caja de madera y ajusta su tapa.
Al salir a cubierta observa al piloto que le sonríe, sujetando la rueda del timón.
Los marineros y grumetes, sin que nadie les diga nada, desenrollan los aparejos dobles, las velas cuadradas; y la carabela, inclinada a babor, toma la ruta hacia tierra, ciñendo, para alcanzar los cinco nudos.
Están a unas veinte millas náuticas de la costa.
El viento refresca el ambiente en contados minutos.
Veinte días después, la Santa Marta lucha por no zozobrar ante un mar embravecido en el medio del océano.
En el medio de la nada.
Una goleta británica sigue su derrotero, esperando el momento oportuno para atacar. También tiene sus problemas con el vendaval.
La tormenta ruge.
El viento huracanado sopla enfurecido, creando olas de quince metros de altura que golpean el casco de la carabela sin misericordia alguna.
Todos los hombres están en las sentinas.
El mar al final vence y sin dar tiempo a nada, una muralla de agua traga al barco, lo hunde y sin más lo lleva hacia el fondo de un abismo, en contados segundos.
Cruje la madera, algunos hombres sollozan y el castillo de popa se abre como una fruta madura.
No sobrevive nadie.
Al tercer día el sol alumbra entre las nubes.
Los marineros de la goleta británica trabajan a destajo para reparar los destrozos del huracán.
El Palo Trinquete quebrado está siendo reparado.
El vigía desde el carajo, pega un grito:
—¡Allí, proa a babor, algo flota!
Una caja de madera se iza a bordo.
El capitán de la Southerville observa con sorpresa un nombre estampado en la tapa:
¡Piri Reis!




Por Carlos Félix Pérez de Villarreal
(Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina)
       
                                Noviembre 2018

domingo, 2 de septiembre de 2018



Narrar…
sigue siendo una aventura

Pérez de Villarreal, Carlos F.
Narrar… sigue siendo una aventura / Carlos F. Pérez de Villarreal
    1a ed. Editorial MB - Miramar
    120 Páginas / Formato: 21 x 14,5 cm.
     ISBN 978-987-42-3598-5
     1. Narrativa Argentina Contemporánea
     I. Editorial MB / Literatura / II. Título
     CDD A863
 Copyright. Derecho de Autor. Todos los derechos reservados. Está prohibido reproducir total o parcialmente, de cualquier forma o con cualquier medio electrónico, incluso con el sistema de fotocopiado sin el permiso del autor. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 de Propiedad Intelectual. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización del autor. ISBN 978-987-42-35985 
IMPRESO EN ARGENTINA 
Editorial MB - 2017
Maqueta: Mariana Boh
Diseño de portada: Claudio Domínguez
nanoz36@hotmail.com 
Se terminó de imprimir en Editorial MB, Miramar, en el mes de abril de 2017.


Dedicatoria 

A mi esposa
A mis hijos
A mis nietos
Ellos siguen siendo el puntal que sostiene mi vida. 

Agradecimiento 
A todos aquellos, que de una u otra manera estuvieron conmigo, ayudando a demostrar que la escritura es explorar nuevos mundos por construir, llenos de posibilidades.



A manera de Prólogo

“… Narrar una historia, ya sea real o ficticia, no solo es una aventura, sino también un desafío. El desafío de transportar con el lenguaje al lector y hacerlo partícipe de los sucesos hasta seducirlo. Para ello, el autor cuenta no solo con su memoria y su imaginación, sino también con la astucia y el conocimiento de ciertas técnicas literarias que se necesitan para que los textos cobren vida propia y el relato resulte creíble.
Esto forma parte vital del oficio de escritor, y se consigue con el quehacer diario de la lectura y la escritura, acompañada de talleres literarios.

Después, sólo nos queda a los lectores dejarnos llevar por el impulso del relato para sentirnos protagonistas de las acciones como héroes o villanos, víctimas o victimarios, o como simple espectadores, pero siempre con la firma convicción y entrega para volar hacia el mágico universo de la literatura.

En estos relatos, Carlos Pérez de Villarreal lo logra con un fino y osado trazo de su atrevimiento y propuesta, recorriendo distintas formas de manifestarse, desde la fábula, el cuento breve, hasta el microrelato.
El próximo paso para que el ciclo creativo cumpla su viaje y llegue a puerto, le corresponde al legítimo dueño de los textos, o sea, el lector.

Ésta, es una concisa reseña de un buen libro sumido de tiernas y duras narraciones, que pueden colmarnos y sacudirnos hasta la emoción…”


Aníbal Ariel Arona 

Nota del Autor

La Saga comenzó con” La aventura de narrar”. Fue la primera obra que abrió las puertas a este deseo de contar. Lo que hoy me lleva a escribir este segundo libro “Narrar… sigue siendo una aventura”, es ese mismo sentimiento que llevo dentro, impulsivo y entusiasta, que despierta la necesidad imperiosa de escribir.

A veces nos preguntan: ¿Por qué escribimos?
No hay una sola respuesta.
Lo que sí puedo afirmar, es que permite abrir las alas de la imaginación y llevarnos lejos. Volar por lugares y situaciones que jamás pensábamos encontrar.
Expresamos inquietudes, deseos, aspiraciones, fantasías, obsesiones y hasta parte de nuestros recuerdos.
Todo se amalgama, todo se ensambla, para dar a luz un conjunto de emociones, que nos hace sentir que realmente vale la pena.

¡Sí, escribir, vale la pena!
Vale la pena porque es un modo de vivir, es una relación que nos permite percibir y experimentar lo que nos rodea. Abre la puerta a un mundo impensado, desconocido, donde somos el nexo de unión, en este sorprendente viaje hacia la ficción.
Escribir encierra conmociones, sutilezas, ironía y por sobre todas las cosas… pasión.
Muchas veces tratamos de explicar lo inexplicable.
Nunca tenemos certezas. El tiempo no es nada, no es medible. No nos desvivimos por el ayer. No pretendemos ser el mañana. Nos hacemos a nosotros mismos, sin límites, porque un segundo es la vida entera.
En un segundo se nace y en un segundo se muere.
Lo único válido es enfrentarse a uno mismo, tener una visual propia e ir tras ella, con arrojo, obstinación, honestidad y trabajo. ¡Es el coraje y el entusiasmo lo que hacen la diferencia!
Debemos crear, crear y crear para que la magia no se detenga nunca, porque además, disfrutamos la necesidad que nos brinda la escritura: comunicación.

Estas páginas se abren en infinitas disyuntivas.
Adentrarse en estas narraciones abre un universo ilimitado de posibilidades. Aparecen variados caminos, selvas lujuriosas y desiertos quemantes, librados a la imaginación. Cada lector deberá leerlas y re-leerlas, para darles su propia interpretación.
Esa es la magia de la escritura, mutarse, transformarse de acuerdo a quien la lee.

La narrativa vocifera, revela, manifiesta, acusa, hace reír, pensar y recapacitar.
Esta tarea requiere esfuerzo, dedicación e intelecto y una habilidad especial: una destreza fantástica donde entran en juego la técnica, la perseverancia y el talento. En las escasas páginas de un cuento breve, buscamos un arduo equilibrio entre armonía y proporción, entre rapidez para narrar y capacidad para mostrar ese mundo. No es poca cosa.
No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, ni por la forma de escribir, sino por los sentimientos que producimos en el lector cuando nos lee: un recuerdo, una interpretación, una visión. Tal vez, hasta se haga partícipe necesario de nuestra narrativa; porque cuando cerramos un libro jamás somos los mismos.
Pero también se debe tener en cuenta, que nosotros al crear, también manifestamos un cambio: dejamos de ser lo que éramos, para ser otros.

“Narrar… sigue siendo una aventura” nos lleva por caminos inexplorados, que raras veces llegan a su final, porque pueden ser transitados incontables veces con historias interminables, en donde el tiempo y el espacio pierden significado.

Que su lectura sea interesante, atrayente y sugestiva.
Esa fue la intención al crearlo.
Sigo creyendo en lo más profundo de mí mismo, que la escritura es libertad.















                                                                           

viernes, 17 de agosto de 2018




Ya estoy lista


     La ruta estaba solitaria, pero el sol pegaba dentro de la cabina del camión y aunque estaba prendido el aire acondicionado, me sentía bastante molesta.
La temperatura rondaba los 38 º C.
La hora no era la adecuada para manejar, pero el horario debía cumplirse y necesitaba llegar a tiempo.
Venía de San Juan y el destino final era la bodega de Animaná, en la Quebrada de las Flechas, en pleno territorio salteño. 
La noche anterior había dormido mal.
La comida chatarra de una chapucera golondrina no me había caído muy bien que digamos y si a eso le agregamos la cerveza, listo;  cóctel explosivo para no pasarla muy bien.

     Estaba llegando a un cruce con la ruta provincial 24, bastante peligroso.
Son esos cruces sin rotonda, en T, al cual hay que mirar dos veces antes de cruzar.
¡Maldita sea, el sol de frente no me dejaba ver bien!
Cuando todo parecía estar en órden, unos doscientos metros antes, solté un poco el acelerador.
En ese instante una sombra negra pasó por mi costado, impactó en el guardabarros derecho, se ladeó para el otro lado y salió despedida hacia la mano contraria.
Metí el embrague y empecé a tirar cambios como loca.
Sentía al semi que se me venía encima, y se ponía de costado.
Traté de mantenerlo derecho lo más que pude, pero al cabo de cierto tiempo la maniobra se tornó incontrolable.
El empuje del acoplado me llevó “puesta”
Una nube de polvo, cascotes y arena nubló todo y cuando me quise acordar, el camión se volcó arrastrando la cabina con él.
Por los aires volaban las chucherías sueltas del viaje, el atado de cigarrillos, el encendedor, las llaves.
Las correas del cinturón de seguridad me estaban haciendo pedazos, pero, ¡menos mal que lo tenía puesto!
El ruido de las botellas de vino desparramadas, se tornó insoportable.
Nunca había escuchado tantos vidrios rotos.
¡Y el olor! Fuerte, áspero.

De golpe, el silencio.
No se oía más nada.
Sólo el sonido del viento que seguía levantando tierra.
La cabina de costado, no me impidió desatarme y salir por la ventanilla.
¡Tenía una calentura de mil diablos!
Como un matón que empuña un arma, tremendamente enojada, recogí la llave en cruz que estaba en el suelo y encaré como un tren en marcha, cruzando la ruta.
Sentí un ardor en el brazo y en las costillas.
Cuando me miré, una roja mancha se iba extendiendo desde el codo hasta la muñeca.
No me importó.
No sentía dolor.
 
     La camioneta negra, con todo el costado izquierdo destrozado, estaba parada en la banquina del otro lado, quieta, inmóvil.
Los vidrios polarizados me impedían ver el interior.
La ira que me dominaba iba en aumento, pero cuando me acerqué y sentí el llanto de una criatura, se evaporó de inmediato.
La puerta del acompañante se abrió, y la mujer con la cara ensangrentada y una nena pequeña en brazos me miró desconcertada.

     Luego de dos horas de hablar con la policía y escuchar, sentada en la parte de atrás de una ambulancia con una manta encima, recapacitaba en todo lo que había pasado.
El brazo y el torso totalmente vendados no me impedían fumarme un cigarrillo, lentamente.
La mujer, cuando la pequeña se cayó del asiento, trató de levantarla, se dio vuelta y perdió el control del vehículo.
Cuando se quiso acordar estaba encima de mi camión.
Volanteó, pasó por mi derecha, trató de esquivarme y me chocó, perdiendo el control.
Las dos estaban magulladas y golpeadas.
En otra ambulancia las estaban controlando.
Nada serio.

     Lo serio sería explicarle a la compañía cómo resarcir un semirremolque totalmente destrozado y con la carga desparramada en varios cientos de metros, en medio del cruce de dos rutas, por supuesto cortadas hasta recoger los vestigios del choque.
¡Linda changa!
¡Si hasta me daban ganas de huir quién sabe dónde!
Tiré el “pucho”, que describió una amplia parábola antes de estrellarse en el suelo.
Miré al enfermero, me senté adentro y le dije:

-Vamos flaco, ¡ya estoy lista!   


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                            Relato editado en el libro "La aventura de narrar" - 2015




martes, 31 de julio de 2018


La lapicera


     Me llaman lapicera.
Sí, así es, pero en realidad no es tan sencillo.
No soy una lapicera común. ¡No señor!
Ni tampoco me gusta que me digan bolígrafo o birome.
Mi forma es oblonga y estoy construida exteriormente de madera, en color claro.
Llevo una inscripción que se puede leer al derecho y al revés y tengo grabada una manito que fue dibujada por un artista plástico cuando aún no era conocido, Pablito Menicucci.
Ese gran ídolo del pop de la década del 60.
¡Qué orgullo para mí llevar este grabado!
Tengo puntera, anillo y porta-lapicera metálicos, de color bronceado, haciendo juego con el color madera que ostento.

     Y mi forma de apertura no es de las comunes: gírenme hacia la derecha y allí está mi punta lista para escribir. Si me giran a la izquierda, me guardo para otra ocasión… ¡Qué tal! Cuando mi tinta se acaba, no hay problema, en las librerías de la ciudad podemos encontrar los verdaderos repuestos que me volverán a poner en funcionamiento.

     Por otra parte, tengo cualidades que otras no tienen y es necesario remarcarlas para evitar confusiones. No soy ególatra, ni me la creo, pero no me interesa que me comparen porque soy una de las pocas, que junto con otras, fuimos destinadas a personas con características especiales.
¿Qué quiero decir con esto? 
Lo que dije, personas con características especiales, como el hecho de haber colaborado durante muchos años con instituciones de ayuda a los más desamparados: los niños.

     Pero lo más importante que puedo destacar de mi labor, es que mi dueño, al cual me ofrecieron por los años trabajados, me usa para algo muy especial: escribir ficción.

     ¡Cuántas cosas hemos hecho juntos!
Cuentos que han crecido con los años, apuntes de una novela que va desarrollándose poco a poco, relatos históricos novelados, narraciones de ciencia ficción, narraciones psicológicas para pensar un poco y… policiales negros; esos parecidos a los de la década del 50 o 60 con el gran detective en primera persona, sin escrúpulos pero apegado a un honor intachable. Ese honor con el que se nace, que no se compra, ni se vende, ni se regala y es la marca indiscutible de todo hombre que se precie de tal, sin importar sus acciones. Aquel que cumple sus códigos, sean estos cualquiera fueran.

     ¡Cuántas más vamos a realizar!
Qué hermoso es trabajar en ello, ilusiones, esperanzas, entusiasmo, situaciones, circunstancias.

     ¡Ah!, me olvidaba, en una de mis caras está grabada la palabra APAND y si la leen al revés dice: PUEDE.
En la otra: Asociación de Empleados de Casinos Pro Ayuda a la Niñez Desamparada.

Como decía Pablo:

«“En las manos de un hombre caben las mil alegrías de un niño”.»








sábado, 30 de junio de 2018


La última vez


     Se despertó sobresaltado.
Una rara sensación lo dominó.
Luchó por sacarla de su mente.
Sentado en la cama observó la habitación.
Un tenue rayo de luz, preludio del amanecer, se filtraba por las rendijas de la persiana.
Ariana dormía al lado suyo, con esa inveterada costumbre de hacerlo desnuda.
Una de sus manos caía sobre la alfombra.
Las sábanas cubrían el cuerpo, remarcando las formas que había recorrido hasta la saciedad.
¡Qué bella parecía ahora, con su pelo revuelto cubriendo esa cara de rasgos tan finos!
Hermosa, perfectamente hermosa y hasta exótica.
Verdadera belleza femenina que ella sabía hacer valer en grado superlativo.
El perfume de su cuerpo y el olor dulzón de su sexo, estremecieron sus recuerdos.

     Se levantó lentamente, entró al baño y mientras la ducha lo reanimaba, pensó en el nuevo día que comenzaba a nacer.
Su mente iba veloz de una idea a otra.                                                                                    
Debía tomar una decisión.
Secó con vigor su cuerpo, se vistió despacio y salió.
En la cocina tomó una generosa taza de café y desayunó sin prisa.
Meditaba.
Gradualmente habían pasado de la seducción, al amor concreto y de ahí a la convivencia.
De lo emocional a lo real.
Ambos transitaron el camino de la sorpresa que fue ir enamorándose, hasta  alcanzar una plenitud permanente.
Sabía que Ariana era hermosa e irremediablemente culta, con una sabiduría que inundaba cualquier tema.
Impávida ante el desconocimiento de los demás.
Se vio arrastrado por su fuerza y su belleza.
Su gracia y su femineidad lo cautivaron.                                                                                                     
     Reconocía también sus propios atributos: generoso, leal y hasta culto, con un idealismo puro, no exento de practicidad.
Pero también comprendió que enamorarse era enajenarse.  
Por eso las constantes contradicciones: sentirse cautivado, desearse físicamente, tener celos, descubrir las dificultades de entendimiento, desilusionarse, volverse a entusiasmar.
Siempre quiso más, sin darse cuenta que la frontera entre su propio yo y la necesidad de compartir la existencia, no era fácil de cruzar.                                                   
Era entrar en un terreno de arenas movedizas.
El instinto le marcó que estaba pasando de un momento vivido, a otro por vivir.                                                                                                                        
Limpió las migajas del desayuno, lavó lentamente la vajilla y la dejó secar sobre la mesada. 

     Arrimó la silla hacia la mesa, y subió a la habitación. 
Tapó delicadamente con la sábana el cuerpo femenino descubierto.                                                                             
Ariana rodó con lentitud sobre sí misma, exhaló un suspiro y siguió durmiendo.                                        
Tomó sus efectos personales y salió al comedor.  
La ventana entreabierta dejaba pasar los primeros rayos del sol, despuntando el alba.
Se detuvo unos segundos y partió. 
El largo corredor vio pasar su figura.
Su aspecto varonil y aventurero se reflejó en el espejo, al costado de la puerta de salida.
Salió y cerró despacio, sin hacer ruido. 
Giró la llave en la cerradura.
Sabía, con certeza, que Iba a ser la última vez que lo hacía.
En vano sería decir adiós.


 Este relato se encuentra editado en el libro "La aventura de narrar" - Año 2015


                               

jueves, 14 de junio de 2018




¿Quién eres?


     Ese día sabía que si subía a actuar, algo pasaría.
Lo presentía.
Siempre quise ser actor, estimado lector.
No me pregunte por qué, pero siempre lo quise.
Desde niño, las tablas fueron mi hogar.
Criado en un matrimonio de artistas, subir al escenario era para mí tan común, como para cualquier niño jugar a la pelota.

     Así fue, así nació mi carrera, que poco a poco fue transformándose en un sentir, en una verdadera forma de vida.
Existía solo y exclusivamente para actuar.

     Convengamos que actuar no resulta ser tan fácil.
Uno debe meterse en la piel de cada personaje, dejar su yo de lado y asumir el otro yo, aunque éste, siempre contenga al verdadero. ¿Qué paradoja, no?
En mi caso, más de una vez, el personaje trascendió al intérprete.
Eso es lo difícil de sobrellevar.
Uno es uno mismo y no uno ajeno, y transformarse en el otro no es sencillo (por supuesto si se quieren hacer las cosas bien), porque recordemos que para mí actuar fue mi manera de vivir, excluyente y sin miramientos.

     Tuve mucha fe en mí mismo, eso sí, logré con el tiempo una perfección actoral que me brindó una gran satisfacción.
Aclaremos que todo se debió a constancia, trabajo y organización.
Estudié con grandes actores, en institutos de renombre mundial, me esforcé al máximo y logré el resultado esperado: reconocimiento.

     Pero ese día sabía que si subía al escenario, algo pasaría.
Era una rara sensación que sentía dentro de mí cuerpo, hasta diría dentro de mi alma.
Era un sentimiento encontrado que por un lado me impulsaba a actuar y por el otro, me indicaba que no lo hiciera.

     La obra era un estreno en el principal teatro de la calle Corrientes, en esa inmensa metrópolis llamada  Buenos Aires.
Aunque hoy en día se estila mostrar todo desde un principio, nuestra compañía todavía ocultaba la escenografía.
Usábamos el telón, ese gran separador que divide la sala de un teatro en dos partes bien contrapuestas.
Por un lado el espectador, estimado lector, que espera su apertura, ansioso por saber con qué se encontrará y por el otro, los actores, que también anhelantes, desean presentarse ante su público.
¡Las luces!, no olvidemos las luces; brillo cegador, calor, oscuridad, frío.
Todo el abanico de posibilidades para recrear una atmósfera que debía conjugar con la actuación.
¡Qué hermoso me parecía todo esto, qué espectacularidad, qué sentimientos tenia dentro de mí, porque  allí estaba: ¡actuando!

     De pronto, en un instante, lo recuerdo con gran claridad, al final del segundo acto, sentí un agudo dolor en la parte izquierda del pecho. Me doblé en dos, caí al suelo exánime, casi sin querer.
Y casi sin querer me morí.
Sí, me morí.
Lisa y sencillamente me morí, dejé de vivir.
Al final mi presentimiento tuvo razón, algo iba a pasar si subía a actuar.

     Pero aquí no concluye todo, estimado lector.
No, todavía falta lo mejor, o lo peor, de acuerdo a cómo se lo mire.
Cuando partí, alguien preguntó:

     —¿Quién eres?
     — Un actor —respondí.
        Sí, pero… ¿quién eres?

     No supe qué contestar y lloré.


Este cuento fue galardonado con el 1er. PuestoCategoría Cuento Corto en los Certámenes de Verano 2015 – Organización Cultural La Hora del Cuento – Bialet Masée - Córdoba
y forma parte de la Antología Letras de Otoño de la misma Organización y de la Antología IX Encuentro Internacional Comunitario – Entretejiendo Imágenes y palabras 2014 – San Juan
Finalista  56° Concurso Internacional de Poesía y Narrativa “Premio a la palabra 2017”, en el género Narrativa. Instituto Cultural Latinoamericano.